Acordamos con que “la técnica emplea partes del conocimiento científico, y agrega conocimiento nuevo, para diseñar artefactos y planear cursos de acción que tengan valor práctico para algún grupo social. Tanto la ciencia como la técnica se hacen en laboratorios y gabinetes, pero la técnica no es tal al menos que salga al campo, a la fábrica o a la calle” (Bunge, M. Ciencia, técnica y desarrollo. Sudamericana. 1997).

La tecnología parece haber “superado la dimensión experimental o la investigación de laboratorio; abarca cuestiones de ingeniería de producción, calidad, gerencia, mercadeo, asistencia técnica, compras, ventas, entre otras, que la convierten en un vector fundamental de expresión de la cultura de las sociedades.

Podría decirse que el propio proceso tecnológico es, en sí mismo, un ejercicio de aprendizaje que modifica la forma de «ver» el mundo, marcado por teorías, métodos y aplicaciones. También, en tanto conocimiento, mantiene la constante exigencia del «espíritu de investigación» sobre los hechos que son generados, transmitidos y aplicados. Surge entonces la necesidad de una más estrecha aproximación entre las conquistas del conocimiento científico y técnico y el saber de los «aplicadores» de tecnologías, sean ellos estudiantes, instructores, investigadores o trabajadores, a fin de informarlos sobre su papel en la transformación de la producción y el trabajo…” (www.ilo.org)